La semana pasada rindieron bien Cande y Juampi los exámenes de ingreso al colegio ICEI. Fue un momento de gran alegría para todos, los niños, sus padres, nosotros, la escuela. Desde que se planteó la posibilidad concreta de que los chicos pudiesen entrar a la escuela, a fines del año pasado, no han hecho otra cosa más que estudiar y prepararse, sobre todo en inglés, porque el ICEI es bilingüe y ellos no conocían nada el idioma.
Hace unas horas recibí un llamado de la Cande, contándome que ayer había empezado las clases (5º grado), que el colegio le había gustado mucho, que estaba muy contenta, que le había quedado muy bien el nuevo uniforme.
Sin duda que va a ser un proyecto difícil, no solo para ellos, sino para toda la familia. Pero estoy seguro de que si salen adelante, la ganancia no será menor.
He pensado estos días sobre los contextos sociales y su fuerza interna, sobre nuestra capacidad para adaptarnos a ellos, sobre la dificultad de ingresar o salir, sobre la interpretación impropia que suele hacerse acerca de su verdadero valor.
Todo contexto social tiene una fuerza intrínseca, inercial, que lleva a quienes lo habitan a mantenerse en él, a perpetuar de manera poderosa (y en el fondo siempre inconsciente) sus formas, modos y costumbres. Una vez en él, es poco en verdad lo que queda relegado al ámbito de la decisión, se tendrán más o menos estos amigos, se irá mas o menos a estas escuelas, se vivirá mas o menos en estos barrios, se tendrán más o menos estas profesiones.
Todo disidente (i.e. aquel que por cualquier motivo quiera abandonarlo o peor, aún, modificarlo), es un enemigo detestable.
Sus puertas están por principio cerradas, el contexto vive de la relación, de la diferencia. A toda costa debe mantenerse porque es suelo y sustento. Aún así tiene filtraciones, no es imposible el movimiento, constantemente se acusan migraciones silenciosas de uno a otro, en todos los puntos cardinales. Lo importante es no perder de vista que con relación a la verdad, no hay mejor o peor, o si los hay, en modo alguno son mejores o peores por lo que normalmente se entiende.
Tal vez me sirvan las palabras de Silvio en su canción de navidad, en esta exposición que por ciertas razones se esconde a sí misma:
Tener no es signo de malvado
y no tener tampoco es prueba
de que acompañe la virtud;
pero el que nace bien parado, en procurarse lo que anhela
no tiene que invertir salud.
Simplemente quisiera poder reflexionar desnudo y no llevar conmigo nada más que lo imprescindible, abandonar todo lo que a la luz de esa reflexión no se muestre como verdadero y necesario. Creo que de esa manera el mundo sería más liviano, no tendríamos que invertir tanta salud, como hemos venido haciendo hasta ahora, llegando al borde de la locura.
De paso, para quienes no la conozcan, la canción de Silvio: